- Dios es. Dios ha sido. Dios será.
¡Alaben! ¡Adoren! ¡Bendigan!
¡Bendigan! Bendigan su Santo, Santo, Santo, Santísimo Nombre!
Inclínense con profunda reverencia ante su santa y excelsa majestad.
¡Adórenlo! ¡Adórenlo! ¡Adórenlo!, como lo hacen, en el cielo y en la tierra, los santos y los ángeles.
María Santísima, la Inmaculada Concepción y siempre Virgen, es la Reina y Señora de los santos y los ángeles.
¡Hónrenla! ¡Aménla! ¡Bendíganla!
Ella adora y bendice sin descanso, al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, en unidad con los santos y los ángeles.
Adoren con Ella y con los santos y los ángeles al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo!
¡Adoren al PADRE!
¡Adoren al HIJO!
¡Adoren al ESPÍRITU SANTO!
El mejor modo de adorar es la limpieza refinada del espíritu; es la libertad seria y real del espíritu, del corazón y de la mente.
Esto es: la virginidad total, real, perfecta.
Sean vírgenes.
Imiten a María Santísima, la Inmculada Concepción y siempre Virgen.
Como Ella sean vírgenes.
Límpiense de manchas, de toda clase de manchas.
Aséense con humildad y con esmero.
Báñense en las piscinas naturales de la gracia. Esto es: Confiésense con el presbítero, previo un examen serio y profundo de conciencia.
Hoy hagan esto, en honor y homenaje a María Santísima, la Inmaculada Concepción y siempre Virgen, Madre, Maestra y Modelo para ustedes.
Honren y bendigan su Inmaculada Concepción.
Honren y bendigan su virginidad sin manchas.
Honren y bendigan su vientre inmaculado.
Honren y bendigan su maternidad sin manchas.
Honren, adoren y bendigan a Jesucristo, fruto bendito de su vientre Inmaculado.
Honren y bendigan inalterablemente a la que es, la que fue, la que será.
Honren y bendigan su humildad y su pureza.
Honren y bendigan su sabiduría y su entrega.
Hónrenla y bendíganla; porque es Madre, Maestra y Modelo, para ustedes.
Únanse a Ella y, con Ella, adoren y bendigan al Padre, Quien la creó sin manchas; al Hijo, Quien se encarnó en su vientre hecho sin manchas; al Espíritu Santo, Quien la adornó de gracias.
Únanse a Ella, a María Santísima, la Inmaculada Concepción y siemrpe Virgen, para adorar, glorificar y bendecir a la Santísima Trinidad, en su realidad y en su misterio.
Únanse a Ella, para adorar con Ella, la Omnipotencia, el Ser y la Misericordia del que Es.
¡Adoren! ¡Adoren! ¡Adoren!
¡Adoren al Padre!
¡Adoren al Hijo!
¡Adoren al Espíritu Santo!
¡Bendigan! ¡Bendigan! ¡Bendigan!
¡Bendigan al Padre!
¡Bendigan al Hijo!
¡Bendigan al Espíritu Santo!
¡Glorifiquen! ¡Glorifiquen! ¡Glorifiquen!
¡Glorifiquen al Padre!
¡Glorifiquen al Hijo!
¡Glorifiquen al Espíritu Santo!
¡Honren! ¡Honren! ¡Honren!
Honren, bendigan, glorifiquen a María Santísima, la Inmaculada Concepción y siempre Virgen, la amada y bendecida del Señor y el amor y bendición del Señor, para ustedes.
¡Hónrenla! ¡Hónrenla! ¡Hónrenla!
¡Hónrenla y bendíganla!
¡Honrenla y bendíganla!
¡Hónrenla y bendíganla!
Recuerden:
El Padre, en lo antiguo, habló por los profetas, con el soplo bendito de su Espíritu.
Nadie le vió por eso. Porque al Espíritu de Dios nadie lo ve. Pero al Espíritu de Dios todos lo sienten, cuando el Espíritu de Dios se manifiesta y se revela.
La revelación de Dios, dada en lo antiguo, por los profetas, con el soplo vivo de su Espíritu, creó la Ley y está en su Palabra dada en custodia al Magisterio de la Iglesia.
La Palabra de Dios fue conservada; porque Dios no pasa. Todo pasa o muere. Sólo Dios no pasa; porque, Él es; Él ha sido; Él será.
Dios quiso, en lo antiguo, que su Palabra fuera vida en la individualidad de todas sus creaturas. Y, como tal, la dio a la mayor de sus creaturas, a través de sus profetas, con el soplo del Espíritu.
El hombre, la mayor de sus creaturas, conservó su Palabra, pero no la encarnó, en él, para vivirla.
La Palabra de Dios es el mensaje revelado y, como tal, permaneció enrollado, en los rollos de la Ley.
La Palabra de Dios es Él, manifestado, en una expresión ostensible de su amor; para ser vivido, no para ser conservado en un rollo o libro, simplemente.
Los encargados de guardar la Ley, aprendieron su texto; pero guardaron su espíritu, no en su corazón, sino en el texto que, a su vez, guardaban con celo y esmero, como guardaban sus tesoros.
El Espíritu de Dios dado en la Ley, no es para guardarlo en texto o en arcas o sagrarios, como se guardan los tesoros de los hombres.
El Espíritu de Dios, dado en la Ley, es para vivirlo, encarnado en el espíritu del hombre.
Si el Espíritu de Dios no se vive, encarnado en el espíritu del hombre, el Espíritu de Dios es profanado, por la malicia y pecado de los hombres.
Por eso, el plan de Dios, dado y revelado por Dios, a través de los profetas, con el Espíritu de Dios, fue frustrado por el hombre y Dios, a Quien el hombre, ya antes había ofendido con el pecado, creado y dado por el Malo o Maligno, no obstante insistió en su amoroso empeño de hacer del hombre la creatura perfecta y feliz, creada a su imagen y semejanza, para ser imagen y semejanza de sí mismo.
María Santísima, la Inmaculada Concepción y siempre Virgen, fue el medio de reparación amorosa, dado por Dios al hombre, para su restauración.
Por eso, María Santísima, la Inmaculada Concepción y siempre Virgen, es puente o verdadero sacerdote, tendido entre Dios y el hombre, con un designio excepcional:
Ser molde corporal del verdadero sacerdote, Jesucristo, engendrado en Ella, no creado, por el Padre, para ser, Él, la visible revelación de la presencia amorosa y eterna del que Es.
Jesucristo es la misma Palabra revelada en lo antiguo, por Dios, a través de los profetas; ahora revelada por Dios, a través del vientre sin manchas de María Santísima, la Inmaculada Concepción y siempre Virgen, con el soplo vivo de su Espíritu.
María es igual y mayor que los profetas de la Antigua Alianza; porque a través de su virginidad sin mancha, la Palabra de Dios, revelada a los hombres, por su medio, por Dios, con el soplo viviente de su Espíritu, se hizo visible; para enseñar cómo nutrirse de Dios, comiendo su Cuerpo y bebiendo su Sangre, en un misterio extraordinario y sobrenatural del gran amor del que es amor.
María Santísima, la Inmaculada Concepción y siempre Virgen, vivió, en sí, la Ley, creada por la revelación de Dios, a través de los profetas, con el soplo del Espíritu de Dios.
Ella no mantuvo fuera de Ella, al modo de los hombres, la Palabra de Dios, como un tesoro relegado al texto de la Ley, al modo de los hombres.
Ella vivió el Espíritu de esa Palabra, que es más o mayor que el texto, sin desechar el texto. Por eso, en cumplimiento del texto, fue a Belén, con José, para empadronarse, cuando llegó la hora de que, en Ella, tuviera fiel cumplimiento la promesa de hacer visible el Espíritu o Palabra revelada a través de los profetas, por Dios, con el Espíritu de Dios.
Jesucristo no cambió el texto ni el Espíritu contenido en el texto de la Palabra revelada por Dios, en lo antiguo, a través de los profetas, con su Espíritu y confiado al cuidado de los hombres en manos de los seres escogidos para ello.
Jesucristo respetó el texto y el Espíritu de Dios guardado y contenido en él. Pues, obra de Dios es, y lo de Dios perfecto es y, por eso, es inmutable y eterno, si esencia y parte suya es.
Lo revelado en lo antiguo o Antiguo Testamento es perfecto y el Perfecto (Jesucristo) no podía revocarlo; pues esa Palabra y Él, son uno mismo. Ella, contenida en el texto y revelada, a través de los profetas, por Dios, con el soplo del Espíritu de Dios, es su misma presencía, pero invisible, porque el Espíritu de Dios no es visible. Por eso, en lo antiguo, nadie vió a Dios y al Padre, nadie lo verá, si no es en Jesucristo.
Era plan, querer y voluntad de Dios, que el hombre viviera su Palabra. Esto es: que el hombre lo viviera, a Él, en su Espíritu, revelado por Él, a través de los profetas, con su Espíritu, para el espíritu del hombre.
Pero el hombre no vivió su Espíritu y, por eso, siempre anduvo en sombras de tinieblas a pesar de la luz que lo alumbraba.
Para que el hombre viera, el amor de Dios se hizo visible, en Jesucristo, a través del vientre de María Santísima, la Inmaculada Concepción y siempre Virgen.
María, por eso, es profeta y profeta mayor que todos los profetas.
El Nuevo Testamento, o Nueva Alianza, no es subrogación del viejo o Antiguo; sino, aclaración de él y, por lo mismo confirmación ostensible, en Jesucristo.
Jesucristo es la Palabra de Dios revelada por Dios, al hombre, a través de los profetas, por medio del Espíritu.
Por eso Jesucristo, el Verbo Encarnado, es Dios mismo. Y, por eso, quien ve o encuentra a Jesucristo, ve o encuentra al Padre y al Espíritu Santo. Pues los tres, un solo y único Dios son, en el Misterio de la Santísima Trinidad.
Los guardadores del texto, no lo entendieron.
María Santísima, sí lo entendió. Por eso, en Ella, se encarnó el Misterio; para hacerse revelación tangible.
Dios quiere que todos lo entiendan. No obstante, no todos lo entienden. Si lo entendieran, lo vivirían.
Dios sigue queriendo que el Verbo de Dios, ya encarnado para todos y visible en Jesucristo, se encarne para cada uno de los hombres. Sólo así la Redención se individualiza haciéndose real y eficaz para todos.
Como esto no se ha dado y no se da, tal como lo quiere Dios, Dios ha ideado una nueva, novísima y novedosa extrategia. Ese es el sentido del Seminario "María Señal de Jesucristo" y de esta nueva, novísima y novedosa Orden Trinitaria de los Esclavos de la Esclava de Dios:
Jesucristo, la revelación del Padre, la Palabra de Dios encarnada, para ser visible, quiere ser encarnado y vivido de modo individual en cada hombre.
Para encarnarlo y vivirlo hay que recibirlo. Y no se lo recibe, si no se es virgen, o sea: limpio y libre espiritual y moralmente, como María Santísima, la Inmaculada Concepción y siempre Virgen.
No se trata, pues, de cambiar nada, en lo revelado y dado por Dios, a través de los profetas, incluyendo a María Santísima, y confiado al cuidado y Magisterio de la Iglesia Verdadera; sino de aprender a vivir, encarnando, esa Palabra.
Este es el motivo por el cual, la Santísima, es Madre, Maestra y Modelo para ustedes. Por eso, en esta época o era nueva, Dios ha querido valerse de Ella, para revelar su amor, presentando, individualizados, determinados rasgos del carácter de Ella, para que se imiten. Es el fundamento de los pasos o charlas breves del Seminario "María Señal de Jesucristo".
El Seminario es una invitación a vivir. Esto es: a Ser.
Oren, oren, oren.... Oren siempre. Sean oración.
Revista María Hoy
Bogotá (día de la Inmaculada Concepción)
Lunes, Diciembre 8, 1986 - 05:59
