"-Has vigilado largo rato; tienes sueño, estás cansado y con frío. ¡Que bueno quedarte en tu cama, ¿verdad? Y descansar....Pero, no, no te quedes en la cama. Eso te lo he pedido y me estás obedeciendo. Tú me pedías a mí, que Yo te curara del Pecado, para que nunca jamás pudieras ofenderme; para ser fiel hasta la muerte y más allá.
Eso está bien; porque con esa actitud demuestras que me amas.
Y Yo te amo a ti, mucho antes de tu existencia y de que fueras pecador. Te amo desde antes de tu vida, de tus pecados, de tu arrepentimiento, y de tus súplicas.
Yo te amé primero y nunca te he dejado de amar. Por eso estoy contigo, hijo mío. Yo siempre estoy junto y cerca de cada pecador, por malo y vil que sea. Mi mayor ilusión es que me descubra, que me reconozca, que me acoja y eso basta. Ese instante se hace eternidad; porque es el instante del encuentro y de la alianza.
Juro que no apagaré la llama que aun vacila y parpadea. Yo no apagaré la mecha que bota humo; porque he venido a salvar, a encender la luz y a dar la vida. Tu sed, hijo mío, es mi sed, y mi sed es la de todos los sedientos. Alégrate, caña torcida, mísero bastón de ciegos; porque Yo Soy tu Salvador y Soy tu Fortaleza; pero, a cambio, te pido tu miseria, para apoyarme en ella y socorrer. ¿Qué crees que es la cruz, sino la debilidad y la miseria de los hombres, erguida como una columna para darme apoyo?.
Pues, bien, eso me basta. Es sobre la miseria que redimo, igual que el Padre, mi Padre Celestial, es de la nada que El crea.
A esta hora muchos se revuelcan como cerdos en las pestilencias del pecado. Muchos pecan ofendiendo a Dios y destruyéndose.
Muchos sufren; muchos nacen, muchos mueren; muchos creen divertirse haciendo tonterías; muchos maquinan y cometen crímenes; muchos se envanecen con triunfos pasajeros y blasfeman, como aquel rico imprudente que, en el mismo instante en que se vanagloriaba de sus éxitos, vio escribir en sus muros su sentencia y murió dejando para otros sus tesoros. A esta misma hora, Yo, el Salvador, vigilo al lado de cada pecador, de cada blasfemo, de cada ladrón, de cada prostituta, queriéndolas salvar; pero me falta una mano que los toque; una palabra que les clame; una boca para sonreírles y decirles: "Ven".
No porque no pueda hacerlo; sino porque, a nivel de sus miserias, les hable y los invite por mí, haciéndoles visible mi amistad.
¿Lo entiendes? ¿Entiendes, porqué necesito de tu cansancio, de tu sueño, de tu frío y de tu entrega, para invitar al pecador impenitente; al incrédulo, al malvado a que me mire con sed, con frío y también con esperanzas a su lado, día y noche, a toda hora, a todo instante, dispuesto a canjear sus miserias por la vida eterna, como lo hice con la mujer samaritana?.
Hijo, hijito mío, mi pequeño, mi pobre, terco y torpe. Bastoncito de ciegos: gracias por darme tus miserias para que Yo me crucifique en ellas, como en mi propia cruz, para salvar.
¿Sabes acaso cuántas almas serán redimidas, a lo largo de los siglos, por este pequeñísimo vaso de miserias con que estás saciando mi sed de almas? Serán muchas, sin cálculo, como las aguas del mar o como las arenas del desierto y, por ellas, tú serás saciado.
Alégrate, pequeña miseria generosa. Ahora eres mi cruz; mi pequeñísima cruz desde la cual Yo salvo. Sé bendito, ahora y siempre. Y que, en igual forma, sean benditos cuantos hagan otro tanto; porque Yo, el Salvador, el Generoso, el Omnipotente, el Misericordioso, el Santo Yo por lo mismo, el justo, nada dejo sin recompensar.
Vean por qué, Yo, el dueño de la mies, he dicho: "la mies es mucha o abundante y los obreros pocos". Y, por qué busco obreros, infatigablemente, para cosechar la mies.
Cada vez que alguien deja sus comodidades personales para socorrerme, ese me consuela y mi Padre y Yo venimos a él y hacemos morada en él, llenos de complacencia.
Socorrerme, no sólo es hacerlo, a mí, directamente; sino, sobre todo, con el más pequeño y miserable de las creaturas.
Lean, relean y mediten Mateo 25,31-46..."
Revista María Hoy
Santa Fe de Bogotá, D.C.,
Lunes, Marzo 14, 1994 - 03:30
