- No es fácil, verdad?
Hijo: lo grande es caro.
Hay que pagar precio de sangre, esto es: de vida, para merecer.
Nada se compra sín un precio.
No se redime sín la cruz.
No se salva sín la muerte.
Alégrate, por la cruz que significan las injurias y los desplantes de los que sirves y amas.
Qué sería de tí si ellos no hicieran más que darte elogios y rendirte pleitesías?.
No desesperes, sigue!
Cuando estés cansado, refúgiate, como ahora, en mi Corazón y en el hombro amoroso de mi Madre, que es tu madre, la Inmaculada Concepción.
Eso bastará para rehacer tus fuerzas.
Alégrate en el alma.
Sé feliz; porque Dios está contigo.
Qué puedes ambicionar que no lo tengas al máximo, si me tienes a Mí, el que Soy, el Santo de los santos, tu Dios y tu Señor, el Único.
No desmayes.
Sigue!
Reanímate.
No temas y no dudes.
Eres mi elegido.
Si nadie te comprendiera, te bastaría nuestra comprensión, que es suficiente.
Alégrate, hijo.
Sé feliz.
Esto enséñalo a los otros.
Todos necesitan y necesitarán, en más de una ocasión, fuertísimas dosis de consuelo. Eso lo tendrán en Mí y en el Modelo, Madre y Maestra que les doy, en María, la Inmaculada Concepción.
No esperen grandes cosas de los hombres.
Aprendan a morir y no sentirán el peso de la muerte.
Yo no los engaño. Jamás engaño.
Por eso saben Conmigo, a que atenerse y qué les pude suceder en medio de los suyos y en el bien que hagan; porque el discípulo no es más que su Maestro.
Sufrirán. Sí, sufrirán. Pero háganlo con gozo. La semilla se pudre y se hace flores y frutos primorosos.
Sólo muriendo da la vida y hace bosques y jardines.
La madre rompe sus entrañas gastando su vida y su belleza para darle vída al fruto. Cada hijo es el final de la vida de su madre.
La obra encomendada a ustedes no es barata; porque es grande.
Te lo he dícho: no será aniquilada.
Hará la reedificación de mi Iglesia verdadera y la paz del mundo y de cada hombre será posibilitada a través de ella.
Por eso, no desmayen ní teman a la muerte que, no siempre es dejar de respirar, sino, en la mayoría de veces la humillación, el dar sin recompensas y la poquedad en la propia ostentación.
Ayúdenme.
Y no podrán hacerlo, si no se abajan en la esclavitud voluntaria y por amor a la Esclava por amor. A la que siendo toda llena de gracias, se hizo, con mansedumbre, mártir, como Yo.
Ayúdenme.
Ayúdenme.
Ayúdenme.
Los necesito, como a María, como a la Cruz, para redimir y restaurar.
Para hacer un mundo nuevo y una vida nueva.
Ayúdenme.
Ayúdenme.
Ayúdenme.
Acta 70
Revista María Hoy
Bogotá,
Domingo, Septiembre 22, 1985 - 08:40
