"-Amen la cruz.
La cruz no es castigo; sino bendición.
Es como la prueba que conquista el premio; la corona del esfuerzo; el honor de la victoria.
Amen la cruz y bésenla con amor. Cada beso que se estampa en ella es una flor que los llena de perfume y que los viste de colores. Esto es, de gracias.
Amen la cruz, bésenla y bendíganla. Cada bendición es como el vapor de agua que se regresa convertido en lluvia, para reabastecer el cauce del que parte.
Si besan con amor la cruz y la bendicen en ella encuentran a Jesús, el Salvador, con la eterna dulzura de su amor.
Esto lo conoce la Santísima Virgen, Madre, Maestra y Modelo para ustedes. Ella no maldijo la cruz en ningún tiempo, ni siquiera cuando estuvo teñida con la sangre de su Hijo clavado contra ella. Él, estaba en lo alto, suspendido y, Ella, no podía alcanzarlo con sus manos de Madre; por eso, para compartir su suerte y consolarlo, se abrazó al madero vertical bañado en sangre y lo besó con infinita ternura. El resultado fue el consuelo, para Ella, de la sangre de Dios, que le hizo sentir el inefable deleite de su amor. Besando la cruz encontró a Dios y lo besó en la sangre redentora. Ahí surgieron, entonces, las palabras de consuelo, de entrega, de poder y de misericordia, pronunciadas por los labios amorosos de Jesús:
"Mujer: he ahí a tu hijo...";
porque, cada vez que se entrega, con amor y con humildad, la voluntad y el corazón a Dios, en el beso que se da a la cruz, se recibe la generosidad de Dios en el inefable caudal de su misericordia y de su amor. Lo que se pierde se gana; pero en la inexplicable proporción incontrolado del yo. Y, esa, es una forma de muerte, de la cual surge el equilibrio, entre otros beneficios. Equilibrio social, por ejemplo, cuando se contrapesan, para ser iguales, el derecho y el deber. En una sociedad, sin ese equilibrio, llega el caos y la sociedad desaparece. Cumplir el deber jamás será grave y doloroso si se hace con amor. Esto es: si se lo besa como a la propia cruz. La cruz se vive con amor. Eso es lo normal. Y, si eso se hace, es liviana como un soplo; porque, entre ella y quien la besa está el Redentor, que la hace redentora. He ahí; por qué, la salvación es el fruto de la cruz, dado por Dios, en la persona de Jesucristo. No amar la cruz es caer en la desesperación. La desesperación es el fruto del desamor y, como tal, es castigo, no impuesto por Dios; sino por la torpeza mal orientada de quien se rebela contra ella.
Ahora entienden ¿Por qué cada vez que no se aceptan la voluntad de Dios y se niegan a florecer allí donde el Señor los ha sembrado, viven como encadenados, con horribles y pesadas cadenas en la personalidad? ¿Por qué es amarga la suerte para muchos? Sencillamente porque no la bendicen; porque al mirarla como una cruz pesada, la maldicen y se estrellan contra ella.
No hay cruz que no sea llevadera por quien tiene el honor de cargarla. Cada cruz es una bendición. Si la miran de ese modo y la bendicen, todo será hermoso. Entenderán las frases de Jesús:
"Mi yugo es suave y mi carga ligera".
Relacionen estas enseñanzas con todo en la vida de ustedes y descubrirán que, para ustedes, sólo hay bendiciones en el mundo.
Amen la cruz, bésenla y bendíganla y todo cambiará para ustedes: el mundo será nuevo, como recién creado, y ustedes serán felices, como los primeros creados antes de caer en la torpeza de pisotear la cruz.
Quien ama la cruz ama a Dios y Dios lo ama, entra en él y hace morada; por eso es feliz.
Amen la cruz y experimenten la felicidad."
Acta 613
Revista María Hoy
Bogotá, D. E.,
Miércoles, Septiembre 5, 1990 - 04:39
