..."Hagan alto. Deténganse a pensar. Piensen, mediten, reflexionen.
Tiempo es éste, en el que, lo fundamental, no es correr por correr, ni hacer por hacer, sino: saber por qué y para qué se hace. Pregúntense:
1. ¿Corro para llevar con amor y por amor, la Buena Nueva a los otros mis hermanos?
2. ¿Lo hago por amor a Dios?
3. ¿cómo consecuencia de mi amor a Dios, lo hago por amor a mis hermanos?
4. ¿Es el amor a Dios y el amor al prójimo la fuerza que me mueve a correr y, en consecuencia a hacer lo que hago?
5. ¿Estoy seguro de que no me mueven otros interesés, como: el egoismo, el orgullo, la soberbia, el afán de riquezas, de poder o de prestigio?
Si ustedes realmente son hijos de la Luz, es fundamental tener claridad en las consideraciones anteriores. Piensen que, de ello depende que sean o no merecedores del Reino de los cielos, por ser hijos de la Luz y por obrar como hijos de la Luz.
Si hay otros interesés, diferentes de los interesés de Dios, en lo que hacen en el presente, sepan que es tiempo de rectificar. Mañana será tarde.
Sean humildes. No se dejen engañar por los espejismos.
El mundo cree en las multitudes y se deslumbra por ellas. Dios cree en el individuo, mirado como tal. Por eso, para salvar a cada individuo de la especie humana, se encarnó en la persona de Jesucristo y se sacrificó.
La redención de Jesucristo no es de las masas, sino de las personas individualmente vistas.
Las masas se salvan en la medida de la salvación personal de los individuos que las integran. Por eso les he venido hablando a lo largo de estas enseñanzas, de la necesidad de la virginidad individual, en la que cada individuo es como un ladrillo con control de calidad. De ese modo, la cristiandad se construye, como Dios lo quiere, con individuos vírgenes, tal como se construyen las paredes de los edificios.
Esto no puede ser al hacer buenas construcciones, sin primero construir buenos individuos, porque eso no da buenos resultados.
¿Lo entieden?
¿Me entienden?
¿Qué les enseña la historia, a través de los siglos, en relación con esto?
¿No han visto derrumbarse a mayor o menor tiempo, construcciones que parecían eternas, como un castillo de arenas? Y, ¿No estaba ahí presente la multitud, aplaudiendo el poder y la inteligencia del cerebro de esas obras?
Son espejismo todas las manifestaciones de la soberbua del hombre que no cuenta con el poder de Dios. Por eso, los políticos sin Dios, se enorgullecen y fracasan en sus obras, aunque ellas alucines con fugaces resplandores a las masas que los siguen aplaudiéndolos enceguecidas.
Comparen el contraste del hacer de Dios, con el hacer del hombre de espaldas a Dios.
Dios elabora la semilla y cree en ella.
El hombre sin Dios, se apasiona por la masa y cree en ella.
Dios no fracasa. El, con la semilla crea el bosque; con el germen multiplica las especies. Su trabajo es paciente, pero es eficaz.
El hombre sin Dios fracasa, tarde o temprano. El, con la masa cree eternizar la semilla o el germen y no logra otro resultado que la nada y con ella el caos.
Ustedes, los hijos de Dios, piensen en esto, con humildad y con prudencia, si quieren ser gratos a Dios y, en consecuencia, permitirle hacer sus obras, empleándolos a ustedes.
Hay muchos que se envanecen de su sagacidad, pensando que son eficaces, porque obrando en contra del querer de Dios, o simplemente sin él, hacen cosas que aparentemente tienen éxitos, pero en las cuales no hay amor y, donde Dios no esta no hay amor; siendo la conclusión:
"Si no hay amor
Dios no está y
la obra no es de Dios."
Las obras de Dios pueden ser torpedeadas por la insensatez del hombre empeñado en hacer a sus espaldas. Ese hacer será anatema para quien quiera que obre así; porque su acción insensata es contra Dios, acarreando el retraso de la obra o su fracaso.
Piensen. Mediten, reflexionen.
La presencia de las multitudes no le aporta nada a la realidad de las obras de Dios.
Pilato tenía multitudes e hizo crucificar a Jesucristo, el inocente, movido por la multitud judía que lo amenazaba. Pilato no tenía justicia y no la hacía; porque la obra mala de los acusadores, le daba justificación a su injusticia.
Jesús, no tuvo votos a favor y fue crucificado, señalando el desequilibrio que se puede dar al confrontar los obras santas con las obras malas.
La cantidad no califica ante Dios; poirque Dios se basa en otras realidades que no son las del hombre, sino las de Dios.
Piensen, mediten, reflexionen.
Y, en esto, el que tenga oidos que oiga.
Muchas injusticias, como la de Pilato, se pueden cometer por los espejismos que producen las cantidades. Por ejemplo: de testigos o de seguidores."
Cfr. Acta 1.110
Revista María Hoy
Santafé de Bogotá, D.C.
Lunes, Octubre 25, 1999 - 02:33
