-No hagan nada en la sombra, de lo que se arrepientan o avergüencen en la luz.
Si esto, han hecho, o hacen arrepiéntanse Y, ¿Quién de ustedes, jerarcas, presbíteros, religiosos y seglares, no ha hecho cosas malas, de las cuales, si es honrado y justo debe avergonzarles y, consecuencialmente, arrepentirse?
El que diga que no, es mentiroso y malo. Si su conciencia no lo hace, Yo lo acuso. Y sepan:"no hay nada oculto que nos sea visto; nada secreto, que no se sepa". Yo lo he visto; Yo lo sé y la conciencia de ustedes, se aun la tienen viva y despierta, lo ha visto y lo sabe también. Por tanto, arrepiéntanse, ustedes, de cada cosa mala que han hecho en la sombra y en secreto. Para eso, examínense a fondo, con humildad y con prudencia y, al descubrir sus yerros, arrepiéntanse. Arrepentidos, confiesen sus pecados y torpezas: primero, a ustedes en sí, para moverse al propósito de enmienda; segundo, a Dios, en lo secreto y profundo de ustedes, donde, El, ha sido testigo, en sus conciencias, y con ella, de sus actos, y tercero, a la comunidad, hablándole al presbítero, para sacar, a la luz, de lo secreto y de la sombra, lo que no debieron hacer en lo secreto y en la sombra porque está en contra de la Ley de Dios. Eso los librará de toda humillación restableciéndolos, como al hijo prodigo; hecho eso, son dignificados y nadie, con ningún derecho, podrá desmeritarlos, porque ya están ameritados; porque, cuando Dios perdona lo hace desde siempre y para siempre. Una sola cosa sigue: "no lo hagan de nuevo"; pero, si lo hacen por desgracia, para ustedes, arrepiéntanse de nuevo. ¿Cuántas veces se deben arrepentir y esforzarse con propósito serio de enmienda?... Siempre. Cada vez que caigan levántense con el arrepentimiento y con el propósito de enmienda. Esto, no tiene limitantes; el precepto es contra el pecado y el delito. Esto es, contra el mal obrar: "no pequen"; "no delincan"; "no obren mal"; "no hagan el mal". Pero al contrario: "amen, purifíquense, aséense"; esto es: "Sean Vírgenes".
En esta espiritualidad trinitaria, nueva, novísima y novedosa de los hijos de la Hija de Dios, lo fundamental es la virginidad; porque, ella, les permite escuchar la Palabra de Dios, vivirla y practicarla. Por eso, mediante ella, y, por la acción de Dios en ella, ustedes, de modo individual, pueden recibir, vivir y dar a Jesucristo.
La virginidad, pureza o limpieza y libertad de todo lo que no es de Dios, es equivalente a conversión. Por tanto, conviértanse. Pero ¿Quién debe convertirse: ustedes, en sí, o los otros, sus hermanos o prójimos? Si solamente quieren, con falso celo de mi Palabra, que lo hagan los otros, ustedes son mentirosos y malos; porque, quien debe convertirse, en primer lugar y siempre, no es el otro, sino tú, el que quieres o que dices que me sigue. No podrás seguirme y ser de los míos sin negarte a ti mismo y sin cargar con tu propia cruz. Hacer eso, es convertirse; es ser virgen. Y, cuando eso se da, tú te das cuenta, aun sin comprenderlo, que ya no te queda tiempo, sino para amar; esto es, para el amor y, el amor, atiéndelo, no te permite juzgar y condenar; porque Dios está en ti y Dios es salvador. Lo esencial es, entonces, para ti, salvar o sea, dejar que Dios, contigo, complete su obra de salvarte y de salvar a tus hermanos o prójimos, como ti mismo; cómo quieres que, El, te salve. Vean con claridad los que se hacen jueces, no para juzgarse y condenarse a si mismos; sino para juzgar y condenar a sus hermanos, que están obrando mal y en contra del querer de Dios, que vino, no para juzgar y condenar; sino para salvar al hombre, al que convirtió en hermano o prójimo, en la Persona de Jesucristo que es la segunda, en el misterio de la Santísima Trinidad..."
Acta 773
Revista María Hoy
Santa fe de Bogotá, D.C.,
Domingo, Octubre 25, 1992 - 05:25
