"¡Póstrense! ¡Anonádense! ¡Inclínense! ¡Humíllense! Doblen todas sus rodillas -las del alma y las del cuerpo- , no como masas; sino como individuos.
Sean prudentes, no la prudencia de los hombres; sino con la de Dios, la cual es diferente y antagónica de aquella.
La prudencia de Dios hace que ustedes sean prudentes. Por la prudencia de Dios, se llenan de Dios y, si se llenan de Dios, la realidad es una sola: ustedes aman. El amor, y no el rigorismo, es lo fundamental...
La prudencia, al modo de los hombres, los hace esclavos de la norma; calibrados por unas reglas ciegas, que los hacen ciegos. ¡Cuidado! Pueden caer, sin proponérselo, en la conducta reprensible de los fariseos y de los templarios. ¿Lo entienden?
El rito no es lo fundamental. El amor es lo fundamental y, ese, solamente se logra en la quietud y a los pues de Cristo. ¿Lo entienden?
Ser rigorista, activista, turbulento, con la prudencia de los hombres es un fermento peligroso que puede apartarlos de Dios; porque, esas conductas ensordecen, enceguecen, embotan los sentidos y, cuando Dios les habla, por cualquiera de sus medios, su voz no es escuchada porque están atentos a sus propias convicciones y torpezas..."1
Si ustedes en verdad son hijos de la Madre de Dios, demuéstrenlo, mostrando:
1. - Que son testigos y no payasos o artistas de teatro. ¿Cómo? Viviendo lo que piensan, dicen y hacen.
2. - Que son fieles a Jesucristo y que, como consecuencia: Son veraces, aman y viven lo que es propio de Jesucristo y que muestra su Estilo o modo de ser y de hacer.
3. - Que, ustedes, prefieren el amor a las ritualidades de la norma; la autoridad y la prepotencia y el prestigio.
Sobre esto, háganse examen de conciencia, ante ustedes; ante Dios; ante la Iglesia y en relación con lo social..."2
1. Acta 661
2. Acta 1.584
