"- Hijos de la Luz:
Aquí estoy. La paz esté con ustedes. Les doy mi paz. La que el mundo no conoce y que no les puede dar, porque es la paz de Dios que El siembra con su Espíritu en el corazón del hombre.
Morí por ustedes, para salvarlos, por la voluntad y por el amor de mi Padre del cielo; pero resucité y ya no moriré. Estoy vivo y presente en medio de ustedes, hasta la consumación de los siglos, como estoy vivo y presente en el cielo, a la derecha de mi Padre.
Crean esto.
Vivan esto.
Cuenten esto, testificándolo con la vida de ustedes, si en verdad, ustedes son hijos de la Luz.
Testificar esto, es vivirlo y darlo como la propia vida. Para eso, es preciso que sean vírgenes; esto es: que cada uno de ustedes, en sí y por la gracia de Dios, "sea limpio y libre de todo lo que no es de Dios."
La virginidad les permite negarse a ustedes, desocupándose de la presencia y tiranía del "yo" individual con todos sus cadáveres, para tener capacidad o espacio donde albergar a Dios, como al único Señor y Dios de ustedes.
Para ser virgen, puro o "limpio y libre de todo lo que no es de Dios", requieren la gracia y la misericordia de Dios, que les permita llenarse de la sabiduría y la prudencia necesaria para comprender que, ustedes por ustedes, no son nada, pero con Dios y por su gracia, son hijos del Dios padre, hermanos de Jesucristo, el Salvador, y herederos del Cielo.
El hombre, simple y puramente carnal, no entiende esto y, por eso no lo acepta. Cegado por la carencia de la luz del Espíritu Santo, la única realidad que acepta, porque la entiende a su modo, es las tinieblas que lo rodean creadas por la ausencia de Dios. Por eso no se extrañen que, siendo tan clara y comprensible la Palabra de Dios, no la entiendan. Por eso la niegan. Recuerden el pasaje del Evangelio en el que Jesucristo enseña a Nicodemo, el magistrado del Sanedrín, quien no entiende las cosas sencillas que sí entienden los ignorantes y humildes que acompañan a Jesús.
"En verdad, en verdad te digo: el que no nazca de lo alto no puede ver el Reino de Dios."
"Tenéis que nacer de lo alto."
"...Tú eres maestro en Israel y ¿no sabes estas cosas?
Estas cosas sencillas y profundas a la vez, no son digeribles para los sabios y prudentes al modo de los hombres, porque requieren, para entenderlas, vivirlas y practicarlas, la gracia de Dios y las luces del Espíritu Santo.
Hay que ser como niños.
No estar lleno de soberbia y de maldad permite que Dios hable dentro, con la claridad y la ternura de un buen padre a su hijo pequeñito.
Hijos de la Luz. Nazcan, como niños, a la vida eterna. Dios los ama y quiere hacerlos santos, como Él, para que sean felices. Sólo necesitan ser humildes, para ser vírgenes, con la virginidad plena de María Santísima, para que el Dios encarnado, Jesucristo, el Salvador, entre en ustedes y more en ustedes, manifestando en ustedes y desde ustedes todo su poder y toda su misericordia con la fuerza de su vida.
Este es el milagro de la Redención de Jesucristo: "hacer posibles que ustedes sean hijos de Dios, como El, y sólo por El, al entrar, El, en ustedes y permanecer con ustedes y en ustedes."
Jesucristo resucitado está al alcance de todos, más presente y más real que el aire que respiran y que los envuelve. Basta solamente que ustedes lo respiren; esto es: que lo acepte cada uno de ustedes libremente.
Y, en esto, esta la sabiduría que requieren para ser felices: "en conocer al Padre del cielo y a su enviado, Jesucristo", lo cual constituye la vida eterna.
La vida eterna no se les impone: se les ofrece gratuitamente; pero tiene una condición para favorecer a cada hombre: que cada hombre, de modo personal, individual, voluntaria y libremente la desee y la acepte.
La Redención de Jesucristo es el pináculo del amor de Dios. Es fruto de la Entrega total de Dios al hombre, consumada en la Entrega personal total de Jesucristo, el Unigénito de Dios, para salvar al hombre.
Esa entrega no se vende: se regala; por eso es de libre aceptación de cada destinatario. Si no fuera así, Dios sería un tirano, como el peor de los tiranos que, avasallando la voluntad y libertad del hombre, no le dejaría la opción de ejercer su voluntad libremente, con el libre albedrío.
¡Vean qué grande es el amor de Dios!
El día de Resurrección es el día de la proclamación de este misterio.
Jesucristo resucitado, está vivo y permanece presente en medio de ustedes hasta la consumación de los siglos, como un mar de agua viva, en espera de que ustedes vayan a Él, para beber voluntaria y libremente el agua de la salvación que Él les ofrece.
Escuchen su voz:
"Vengan a mí los cansados y sedientos.
Vengan, beban y vivan."
Escúchenlo. Sean sabios y prudentes con la sabiduría de Dios. Para eso sean humildes. Esto es: sean vírgenes o "limpios y libres de todo lo que no es de Dios."
¿Quieren la paz? Sean vírgenes.
¿Quieren la libertad? Sean vírgenes.
¿Quieren la felicidad? Sean vírgenes.
¿Quieren ser santos? Sean vírgenes.
¿Quieren un mundo mejor? Sean vírgenes.
Recuerden: Virginidad es pureza o capacidad para albergar a Dios; porque es "limpieza y libertad de todo lo que no es de Dios."
Dios está aquí, vivo, presente y con poder y misericordia, dispuesto y listo a salvarlos, llenándolos de Él, que, en sí, es la resurrección y es la vida. Pero requiere para consumar su propósito que ustedes lo acepten.
Tengan la humildad de ser humildes. Sean vírgenes.
Reconozcan y acepten la humildad de Dios, Quien -amándolos, y sólo por amor-, espera que ustedes quieran recibirlo para darles la salvación lograda con el precio de la vida de su unigénito: Jesucristo.
¿Lo entienden?
El día de la Resurrección de Jesucristo, es el día de la prueba del amor de Dios.
Dios omnipotente, toma la humildad de un niño, para sujetando su omnipotencia, esperar humildemente que, cada uno de ustedes en particular se digne acoger su voluntad y recibir la plenitud de su misericordia, que es la salvación ganada, para ustedes, con el precio de su sangre.
¿Lo entienden?
¿Me entienden?
Dios los ama. Y, sólo por amor, se quedó para siempre en el mundo, en medio de ustedes a esperar la correspondencia individual de cada uno de ustedes a su misericordia, pidiendo y aceptando ser salvado.
¡Qué grande amor!
¡Qué grande es el amor de Dios!
Si no hay mayor amor que dar la vida por el otro, lo cual hizo Jesucristo, en forma gratuita; sepan que no hay mayor humildad, por amor, que condicionar el cumplimiento total de la salvación ganada con la sangre de Jesucristo, el Salvador, a la aceptación particular de cada hombre, con el referéndum del "libre albedrío" que, en esencia, es la manifestación extrema del amor de Jesucristo, en el gesto más perfecto de la humildad de Dios.
¿Lo entienden?
Déjense salvar. Acepten el amor de Dios.
¿No entienden ahora el texto y su significado del Título 3° de la Constitución Espiritual que han recibido, contenido en Juan 15, 16-17?
Dios los ama desde siempre. Antes de ser creados. Déjense amar, correspondiendo con amor voluntaria y libremente dado por ustedes a Dios, de modo individual por cada uno y, en conjunto, por todos, para que ustedes y el mundo sean salvados."
Revista María Hoy
Santa fe de Bogotá, D.C,
Domingo, Abril 4, 1999 - 04:37
