Al Padre y al Espíritu Santo nadie los ve. Nadie los ha visto, solamente el Hijo. Al Hijo, sí. El fue visto, oído, tocado, olido y es saboreado en el misterio del Pan Eucarístico. Pero, quien ve al Hijo, ve al Padre y al Espíritu Santo, a Quienes sin el Hijo, solamente podría sentir, escuchar, palpar y gustar, como el viento se palpa, se gusta, se siente y se escucha, pero no se ve.
El propósito de Dios, con esta espiritualidad, nueva, novísima y novedosa de los hijos de la Madre de Dios, Trinitaria, Cristocéntrica, Mariana, Eclesial y Eucarística, como se los anotó, por mi inspiración, el padre fermento, (José González, canciller de la Arquidiócesis de Cali), es incorporarlos, por gracia en el misterio de la Santísima Trinidad, como a María Santísima, haciéndolos uno con El, dentro del misterio de su cuerpo místico, en el cual son adoptados, siendo así, uno con Cristo y con el Padre y el Espíritu Santo, no por naturaleza;
sino por gracia.
Al crearlos a imagen y semejanza con la Trinidad Santísima, que es Dios, les dio la posibilidad por gracia, de ser uno con el Uno, que es Dios, incorporados en el Hijo, por el misterio de la adopción divina que se cumple y perfecciona en el cuerpo místico de Jesucristo. Al ser ustedes adoptados en el cuerpo místico de Jesucristo, lo son igualmente en el Padre y en el Espíritu Santo; porque ninguna de las tres divinas personas obra aisladamente y sin consecuencias totales para las otras dos. Así: incorporados a Cristo; lo son, igualmente al Padre y al Espíritu Santo; y, por tanto a la Santísima Trinidad.
¿Lo entienden?
¿Me entienden?
Vean en lo que están metidos por el querer de Dios. Por Su gracia. Por Su amor.
Despierten hijos de la Luz.
Hora es de concebir con la totalidad de sus sentidos.
Conciban y disfruten el honor de ser convocados a vivir en el misterio de la Santísima Trinidad, la plenitud del Reino, como el hijo adoptivo, vive, disfruta y goza, la herencia del Padre que lo adopta, no por la naturaleza; sino por gracia del amor.
¿Lo entienden?...
Ser creados a imagen y semejanza de Dios, es ser llamados a la santidad, para ser de la familia de Dios, que es la Santísima Trinidad. Pero, para lograr la perfección de ese título, como ustedes lo hacen con el registro de los documentos civiles, se llega únicamente por la incorporación gratuita en el cuerpo místico de Jesucristo, la cual requiere, como condición resolutoria específica, la aceptación personal, voluntaria y libre de quien acepta ser incorporado. Y, esto es así, no por maldad de Dios, o por soberbia, sino por amor. El amor lo hace, a El, a pesar de ser quien es, inclinarse con respeto ante la dignidad del sujeto a quien quiere dignificar con su propia dignidad. He ahí el misterio del libre albedrío y su razón de ser. Pues, solamente su Ser absolutamente libre, podía respetar la libertad de esa manera.
El diablo, que no es libre; por eso mismo no respeta el libre albedrío del hombre llamado a ser libre y lo seduce con señuelos mentirosos, para robarle su libertad y hacerlo esclavo.
Y, en esto y por esto, se distinguen y se deben distinguir los hijos de la Luz de los hijos de las tinieblas: en y por el respeto al libre albedrío de los otros, equivalente a respetar su dignidad, en su libertad y en su voluntad, que son sus decisiones.
Dios no tiraniza. El ama, por eso respeta. El malo tiraniza; porque no ama. Por eso tiraniza.
Los hijos de uno y de otro, obran en concordancia con la paternidad que determina su filiación.
¿Lo entienden?
¿Me entienden?"
Acta 1.147
Revista María Hoy
Bogotá, D.C.
Viernes, Agosto 3, 2001 - 06:01
