La virginidad no es un acto extraño del propio sujeto que es virgen.
La virginidad es un acto personal e íntimo del propio sujeto que es virgen.
El virgen se inmola, no inmola. Esto es: se da; no exige.
El virgen es el convertido por la acción de Dios en él.
La virginidad es la capacidad de recibir a Dios, de vivirlo y darlo.
Quien es virgen es como el carbón que se hace brasa: solamente quemándose a sí mismo da calor y luz. Y eso contagia.
El amor se transmite por contagio. No por palabras.
El amor es vida y surge de la vida, a la cual, a la vez, le da sentido.
No pretendan que los otros amen, sin antes, ustedes, no se queman de amor.
El amor hace que ustedes, a semejanza de Dios, comprendan, perdonen y justifiquen al hermano o prójimo.
Comprender, perdonar y justificar, es amar. Esto es: dar la vida por el hermano o prójimo y, para eso, no importan las palabras.
¿Cómo están las relaciones de ustedes, con Dios y con su prójimo? ¿Los aman hasta dar la vida por ellos, esto es: hasta desinstalarse de sus propios criterios?
Desinstalarse de los propios criterios es morir a sí mismo.
Solamente muere a sí mismo quien se postra para acoger al otro como es: a Dios con su perfección; al prójimo con sus imperfecciones.
No exijas conversión en el hermano; conviértete tú y eso te baste para que Dios, al convertirte, haga también la conversión del prójimo a quien amas.
Sé humilde. Sé santo. Ama.
Oren, oren, oren... Oren siempre. Sean amor.
Imiten a María Santísima, la Inmaculada Concepción y siempre Virgen, Madre, Maestra y Modelo para ustedes.